Carbajo-Núñez Martín ,
El tiempo y el espacio en la era digital, (6.03.2026), (41),
in
Blog Accademia Alfonsiana, 41 (2026) p. 2
.
El ámbito digital altera «la noción de tiempo y de espacio» (Christus vivit 86). Muchos viven hoy su identidad de forma fragmentaria, sin un hilo conductor que dé coherencia a su devenir personal. Falta unidad, continuidad e itinerario de sentido[1].
Las plataformas digitales utilizan mecanismos para captar y retener la atención a costa de la reflexión profunda. «La velocidad con la que se suceden las informaciones supera nuestra capacidad de reflexión y de juicio, y no permite una expresión mesurada y correcta de uno mismo» (JCS 2014).
Fácilmente quedamos absortos, «enredados» en un sinfín de enlaces y reclamos que nos empujan a cambiar rápidamente de lugar y de tiempo, sin propósito claro ni dirección significativa. Todo parece interesante, un eterno presente que no logramos integrar con una finalidad precisa o un propósito definido.
1. Los no-lugares y la percepción del espacio
Marc Augé sostiene que vivimos en una cultura del exceso, que él denomina «sobremodernidad», caracterizada por la aceleración y la sobreabundancia de estímulos. Esta fomenta los no-lugares, donde la interacción humana es reemplazada por pantallas, máquinas y sistemas automatizados. Sólo importa el presente frenético. Allí, individuos anónimos corren y se afanan sin encontrarse: físicamente presentes, pero emocionalmente desconectados. Prefieren estos no-lugares a los espacios tradicionales (hogar, iglesia, casa), pero no los habitan (Augé 1994, 41).
También Internet está absorbiendo los lugares físicos tradicionales: comunidad, parroquia, familia. «Nos vemos en Facebook», decimos, mientras físicamente permanecemos aislados en nuestro pequeño habitáculo. Se genera así un «nuevo tipo de emociones artificiales, que tienen que ver más con dispositivos y pantallas que con las personas y la naturaleza» (LS 47).
2. Las no-cosas
Byung-Chul Han afirma que la digitalización y la tecnología han desplazado lo tangible y duradero (las «cosas») por lo inmaterial, efímero y abstracto (las «no-cosas»), poniendo en crisis nuestra relación con el mundo y con nosotros mismos.
Las cosas físicas hacen posible una conexión sensorial con la realidad y nos ayudan a experimentarla de manera significativa. Por el contrario, las «no-cosas» dificultan la reflexión y el arraigo, favoreciendo la alienación, la superficialidad y la desconexión con la realidad.
Las «no-cosas» son datos, flujos de información, algoritmos y procesos virtuales. No están ligadas ni a un tiempo preciso ni a lugar físico, lo que debilita la percepción del aquí y ahora. Vivimos en un eterno presente, fragmentado y sin orientación.
Todo se reduce a mera información que es rápidamente sustituida por el siguiente flujo de datos. Más que contemplar, se busca fotografiar, para compartirlo con rapidez y olvidarlo con prontitud. Las actuales fotografías digitales, autorreferenciales y siempre modificables, han perdido aquella carga personal de experiencia compartida, historia y nostalgia que tenían las antiguas fotos analógicas. Ya no expresan lo que una persona realmente es, sino sólo dónde está y lo que desea aparentar.
Todo pasa por el individuo, pero nada profundo dice de él. En lugar de experiencias serenas, reposadas y auténticas, nos conformamos con la fugaz belleza de un simulacro virtual o la inmediatez de un «selfie».
Conclusión
El análisis que hemos realizado indica que es urgente recuperar el valor de la memoria y de la historia para dar contexto y profundidad a nuestras experiencias, pues «nunca se avanza sin memoria» (FT 249). Como afirma Søren Kierkegaard, «la vida solo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero debe ser vivida mirando hacia adelante» (Kierkegaard 2023).
Martín Carbajo-Núñez, OFM
[1] Estos párrafos están tomados de la publicación: Carbajo-Núñez Martín, «Mundo digital y Vida consagrada: oportunidades y desafios,» en " Vida Religiosa", Monográfico, Madrid, 2/138 (2025), pp. 118.
(Fichero adjunto) |